2 Septiembre 2017
el sumiller Adan Israel, Socio de Honor 2017

DISCURSO DE AGRADECIMIENTO DE ADAN ISRAEL

Buenas noches a todos, señor Presidente, autoridades, socios y amigos.

Es un gran honor ser tan bien recibido en esta mi tierra, y más aún si es por gente con la que comparto una pasiones tan maravillosas como el vino y la gastronomía, (porque el uno está unido, inevitablemente, a la otra).

Mil gracias a los cientos de asociados, jóvenes amigos del vino, en lo que se evidencia que la juventud es un estado, y no una condición, con la que el vino adquiere un carácter más jovial, sin perder un grado de gravedad. Gracias por acordaros de un paisano en diáspora, de un camarero que ama su oficio y que recuerda todos los días su pueblo, su gente, y se vuelve emocionado cada vez que oye un ¡arrea! ¡cucha no! y el ¡amosanda! tan popular.

Gracias de nuevo por citar a un hostelero, y específicamente a un sumiller, ese camarero que se especializa, se forma, se recicla constantemente, asume responsabilidades sin dejar de ser un camarero que atiende si sirve y sirve si atiende, que ama la gastronomía y entiende que el servicio de bebidas, y más en concreto el del vino, es una de las patas de una mesa figurada que no debe cojear ni en cuanto a producto, ni a elaboración ni a servicio. En nombre de todos los camareros, os doy las gracias por fijaros en ese aspecto tan olvidado de la hostelería.

Prometo honraros continuando con mi labor, amaré el vino, lo trataré como se merece y me enseñaron, compartiré mis conocimientos con quien quiera, estaré, en la medida de mis posibilidades, a vuestro servicio y, por supuesto, llevaré mi tierra y a mis amigos (y ahora socios) en un rinconcito de mi corazón.

Me siento muy orgulloso de mi pueblo y de su gente. Valdepeñas, en una “cata rapidilla”, tiene un color anaranjado propio de su larga e intensa historia, en constante evolución, limpio y cristalino como sus gentes, con un brillo especial que es reflejo de su nitidez y algo del encalado de fachadas de bodegas y molinos. Lágrimas livianas y fluidas que dejan huella como las derramadas en esta Muy Heroica, Leal e Invicta ciudad.

Valdepeñas huele a vino, valga la redundancia, pero, si afino, huele a bajomonte, casi serranía, huele a cueva, a parque, a fudre y, por supuesto, a barrica nueva, complejo bouquet de aromas propio de un coupage de varios vinos que resulta en un perfume divino.

Valdepeñas sabe bien, y es que, de pobre y humilde, es rica en valores y tradición. Como un sorbo de vino fresco, pasa con la lisura de lo bueno y afable, equilibrado y aterciopelado, con añejo pero con la chispa y la alegría que refrescan como niños corriendo por la plaza. Lleno de matices pero redondo, casi perfecto, como todo lo humano. Recuerdo largo e inevitable, porque en Valdepeñas está prohibido beber vino solo, y el vino compartido es imposible de olvidar, como el momento en sí.

Valdepeñas está bien servido en copa, en chato, en bota o incluso en porrón, porque Valdepeñas está para todo, es de todos, y no es esto de ahora. Marida bien con una charla de taberna y una tapa de queso manchego, con unas gachas en el Peral arreglando el mundo entre cuñados, con una orquesta en la plaza de España, aunque sea en bota. Valdepeñas armoniza con la luna, al son de las estrellas, invita a dar un sorbo de ella, y otro y otro, y no embriaga, ¡que enamora!.

Sin más, quiero alzar una copa de buen valdepeñas en vuestro honor, agradeceros tan bonito detalle y saludaros con un ¡VIVA VALDEPEÑAS! Y ¡MUCHA MANCHA!